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El Reinado del Diezmo en el Reino de Caepión.
El 2 de junio de 1219 del año del Señor, el Reino de Caepión despertóse gozoso y enardecido tras un largo y deshonrado destierro de su regidor. Entre vítores y alabanzas, recibían al virtuoso señor que, en tiempos pretéritos, otorgara fama, riqueza y esplendor al reino. Regresaba victorioso al trono que por derecho le correspondía.
Con su diestra sobre la cruz y la espada con que la orden de caballería recibiera, proclamó ante el pueblo congregado:
—¡Juro en esta cruz y espada hacer cuanto vuestras mercedes demanden y cuanto mi pueblo reclame, por la gloria de nuestro Señor y de este noble reino!
Estas palabras avivaron el fervor de las gentes, quienes arrojaban flores y entonaban cánticos en su honor. Durante su destierro, decíase que no fueron pocas las hazañas acometidas por este caballero. La más memorable fue la campaña contra las huestes del rey moro Addebá Vare Isha, un hombre de astucia y poder temibles que gobernaba los pueblos del noroeste con mano de hierro.
El asedio comenzó en 1217 en el bajo Guadalquivir y prolongóse durante largas estaciones, entre lanzas quebradas, estandartes alzados y plegarias susurradas. Finalmente, en el año del Señor 1220, tuvo lugar la célebre batalla de la Embocadura, donde las fuerzas de Caepión prevalecieron. Cercado y sin esperanza, el rey moro entregó las llaves de su fortaleza con amargo pesar:
—¡Grande es vuestra virtud y fuerza, oh señor de Caepión! Pá ti los langostinos, pisha.
Esta gesta marcó la historia del reino, siendo alabada por juglares y trovadores. Desde los corazones gentiles de los mancebos hasta las doncellas de gracia inigualable, todos suspiraban al contemplar el noble porte del monarca que devolvió la gloria a su tierra. Así, Caepión recobró su trono y su honra, disfrutando de años de bonanza celebrados en memoria eterna.
Sin embargo, no muchos años después, una serie de infortunios golpeó al reino y a su desventurado rey. Las lluvias se volvieron esquivas, las cosechas menguaron y las tierras antaño pródigas se tornaron estériles. La fama de los frutos del reino, codiciados en tiempos pasados, se desmoronó, sumiendo a mercaderes y campesinos en la miseria.
Por si fuera poco, el monarca, antaño conciliador, se vio envuelto en disputas y guerras con reinos vecinos, cuyos desastrosos resultados erosionaron su popularidad. En 1220, pestes y epidemias azotaron al mundo cristiano, alcanzando también a Caepión. Mientras el pueblo sufría miserias y confinamientos, el rey celebraba interminables festejos.
Las posadas del reino acogían cortesanos e invitados que disfrutaban de banquetes fastuosos. Arpas, laudes y flautas acompañaban danzas de bellas damas, mientras el monarca y sus huéspedes se perdían en excesos. Entretanto, las arcas reales se vaciaban, llevando al reino a la bancarrota. El aumento de tributos añadió más peso sobre una economía ya maltrecha.
Las revueltas y huelgas de soldados no tardaron en surgir, incrementando la inseguridad. En las plazas y caminos, bandas de descontentos sembraban el caos, mientras barones y nobles conspiraban en las sombras. Los enemigos del reino avivaban las llamas del descontento con promesas de ayuda, esperando el momento en que las murallas de Caepión cedieran.
Y así, con el reino sumido en traiciones y conspiraciones, el destino de Caepión pendía de un hilo. Los contendientes al trono, cual galanes de patio trasero, afilaban espadas y lenguas entre brindis y puñaladas traperas. Cada uno buscaba alzarse como digno gobernante, mientras el pueblo rezaba por un milagro o al menos un chascarrillo que aliviara la desgracia.
...Y a partir de ahora comienza el juego de Tronos. De entre todos los contendientes saldrá el futuro Rey de Caepión. Que el Altísimo, con su infinita guasa, imparta justicia y castigue al impuro mediante pleito de armas, porque aquí, señores, no gana el más santo, sino el que mejor maña se da con el trinquete y la lengua. ¡Que suenen las trompetas y las coplas, porque el carnaval de espadas está por empezar!

¡En fin!
Si hasta aquí os ha traído la curiosidad, preparaos para conocer la esencia de Caepión. Este reino, tan noble como travieso, es un tapiz tejido con hilos de ambición, traiciones y coplas que desvelan más de lo que ocultan. En cada rincón del castillo, en las tabernas y en las arenas que besa el Guadalquivir, se libra un carnaval de espadas y versos, donde nada es lo que parece y todo encierra su doblez. A vos, curioso viajero, os pregunto: ¿os atrevéis a conocer qué personajes dan vida a esta historia? Acomodad vuestros oídos y afinad las risas, que aquí comienza el desfile.
María de la Flota Naval, dama de la rosa espinada, vigila cual halcón cada rincón de la corte. Bajo su estandarte de espinas manchadas, traza su camino al trono sin titubeos. Es el filo que nunca se desmella, la sombra que acecha al Archiduquery de Feria, su rival de cada día y cada noche.
Mas el Archiduquery de Feria no se queda atrás. Mano derecha del Rey, domina las playas y las fiestas como un trovador que maneja los hilos del regocijo. Su sonrisa, tan afable como engañosa, oculta pactos de arena que se escapan entre los dedos. Mientras el Rey brinda, él afila su estrategia, pues no hay feria ni banquete donde no trace su salto al poder.
Isabel Jurado, Duquesa de Castro, observa desde su rincón con mirada calculadora. Dama de porte elegante y voluntad de hierro, teje conspiraciones con hilos de seda y acero. Aunque fue reina, no descansa hasta recuperar su trono, transformando cada rumor en herramienta para avanzar en el tablero de la corte. Su rivalidad con el Archiduquery añade un toque de chispa a los salones de Caepión.
El Barón Javi, altivo y firme como una torre, recorre las filas de las tropas del reino, donde su palabra es ley. Aunque dejó atrás a la Casa Azul, su ambición lo lleva a reforzar su influencia entre soldados y aliados, planeando cada paso con maestría militar. Su elegancia altiva choca con el pragmatismo de Isabel Jurado, creando tensiones que encienden las brasas de la intriga.
Y he aquí a Pepe Mellado, maestro de la calma y alquimista del despiste. Siempre acompañado por Joselito, su cuervo de tres ojos, parece perdido en las nubes, mas en realidad calcula con precisión cada movimiento. Entre copas de moscatel y diagramas de cifras, observa a la corte como un arquitecto que construye castillos de estrategia. Su discreción es su mayor arma.
Isabel María, mientras tanto, borda pactos con maestría. Su habilidad para mantener a flote a los suyos la convierte en un pilar de la siniestra. Sus movimientos son firmes, sus palabras medidas, y su esposo es el testigo constante de una dama que nunca pierde el hilo de sus propósitos. Su equilibrio contrasta con la imprevisibilidad de Pepe, pero juntos representan el ingenio de su lado de la corte.
David el Bufón, con su atuendo colorido y su lengua afilada, convierte cada tensión en risa. Es el águila de la burla, capaz de desarmar con un chiste lo que otros planean con espadas. Su relación de tira y afloja con el Archiduquery es legendaria, y no hay intriga que no pase por el filtro de su ingenio mordaz.
Y si David hace reír, Borja, el Trobador Postulante, hace pensar. Tablero en mano, recorre caminos y plazas, recogiendo susurros y secretos que destila en coplas punzantes. Aunque su vista es limitada, su ingenio es infinito, y sus palabras, víboras elegantes, hacen tambalear hasta al más seguro. Su figura enlaza con todos, pues en sus rimas habita la esencia de Caepión.
Los Juglares de Caepión, cada cual con su propia llama, son el eco de las intrigas y alegrías del reino. Juan, el Maestre Musical, es el faro que ilumina el camino armónico del grupo. Su porte severo y su oído absoluto lo convierten en el guardián del compás, aunque a menudo su paciencia también es puesta a prueba.
Kim, con su arpa y su grito de "¡katástrofe!", es la esencia misma del drama. Su escaso ensayo a menudo resulta en desafines que arruinan el inicio, pero cuando las notas se alinean, revela un talento que conmueve. Su relación con Juan está marcada por el constante tira y afloja entre rigor y espontaneidad.
Alfredo, el maestro del bombo, viste como un lienzo de su propio arte, sus ropas salpicadas con los rastros de su oficio de pintor y herrero. Siempre acompañado por su cangrejo heráldico, simboliza la fuerza y la perseverancia. Su ritmo potente es el latido del grupo, marcando el camino para que todos sigan su compás.
Ramón, tamborilero veterano, trae consigo la sabiduría de los años. Aunque su oído ha perdido parte de su agudeza, sus manos retumban con la fuerza de las olas del mar que tanto ama. Su melena rubia y sus historias de antaño son un canto a los días pasados que inspira a sus compañeros.
Jesús, comerciante de brochas y acordeones, aporta el toque de humor inesperado. Su dominio de los "vientos traseros" genera carcajadas en pleno ensayo, relajando tensiones y uniendo al grupo. Con su carisma, embellece tanto las melodías como las relaciones entre los juglares.
Y he aquí a Edu, trovador zurdo y nuevo en el grupo, cuya frescura se mezcla con su entrega. Aunque recién llegado, su habilidad para adaptarse y su talento innato le han ganado un lugar entre los juglares. Siempre listo para arrancar una risa o un aplauso, su guitarra aporta un toque único que eleva las armonías del grupo.
Y en el centro de todo, el Rey, perdido en posadas y sueños imposibles, celebra mientras su corona tambalea. Rodeado de una corte de lenguas afiladas y puñales escondidos, cada brindis es un preludio a nuevas traiciones.
Así pues, buen oyente, afilad vuestros oídos y preparaos para un carnaval de versos y verdades. Cada copla que entonamos es un retrato de la corte y sus secretos. ¡Bienvenidos a Caepión, donde la música es arma y la risa, justicia!